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Rescatista angelino revive experiencias tras el 11 de septiembre

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Tras los atentados de 11 de septiembre, bomberos de todo el país se apresuraron a Nueva York a prestar ayuda.

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Horas y días de frustración

LOS ÁNGELES, California – En la memoria del capitán Richard Denning del Departamento de Bomberos de Los Ángeles, lo que más sobresale del 12 de septiembre de 2001, son las caras de las personas dándole fotografía de sus seres queridos; esposos, esposas, hijos y amigos desaparecidos.
Todo era gris.

“No había color. Todo era absolutamente – no sé si cementerio es una palabra adecuada. Todo estaba oscuro, negro y blanco”, dijo Denning. 

Diez años después de los ataques del 11 de septiembre, a Denning aún le cuesta hablar de sus experiencias. No es lo que hizo en la Zona Cero. Es lo que no pudo hacer lo que más le duele.
Denning encabezó uno de los equipos de búsqueda y rescate de la Agencia de Manejo de Emergencias de Estados Unidos en los días después de los ataques.

Su esposa lo despertó la mañana de los ataques. Había regresado a Los Ángeles de un torneo de softball en beneficio a una organización que vela por personas con distrofia muscular en Baltimore. El Departamento de Bomberos de Nueva York con el que había jugado perdió a tres miembros ese día.
Recordó pensar dos cosas esa mañana: no fue un accidente y “¿cuántos bomberos irán a subir ese edificio?”

Un total de 343 bomberos murieron cuando las torres so colapsaron.
El equipo de Denning fue despachado casi de inmediato. Le dijo adiós a su esposa y se apresuró a despedirese de sus cuatro hijas pero no alcanzó a las dos menores.

Tras esperar 13 horas en una base militar, su equipo finalmente partió rumbo a otra base en Nueva Jersey. A su llegada se instalaron en el Centro de Convenciones Javits y su equipo de bomberos, perros rescatistas, ingenieros y paramédicos partió en un camión de bomberos a la Zona Cero.

Pero el centro de Manhattan estaba congestionado, y el viaje de 3.5 millas les llevo dos horas y media.
“Durante todo ese tiempo pensaba ‘tenemos que llegar ahí. Tenemos que llegar ahí. Tenemos que llegar ahí’”, dijo Denning.

La gente ya aclamaba a cualquiera que llegara en uniforme, dijo, “y lo que quieres es desplomarte en tu asiento. No quieres oírlo. Es como que ‘no hemos hecho nada’”.
Estaba frustrado por el hecho de que uno de los equipos de rescate mejor entrenados de Estados Unidos estuviera atorado en tráfico.

“Estamos hechos para esto, pero todas las personas en esta congestión eran importantes, y no los culpo”, dijo. “Era su ciudad. ¿Cómo les dices: somos de L.A. Estamos aquí para salvarlos”.
Finalmente cuando llegaron a la Zona Cero, Denning encontró una escena caótica, intimidante aún para alguien entrenado en respuesta a desastres.

“Ves la enormidad de eso y sólo piensas: somos tan insignificantes como cualquier cosa en el ambiente”, dijo.

Cientos de personas se las veían sobre una montaña de escombros de al menos siete pisos de alto.

“Veías hacia arriba y veías el daño en todos los edificios aledaños. Pedazos de la torre cercenaron un edificio de 55 pisos, restándole 30 pisos”.

Denning recuerda el sonido de los silbatos de emergencia cuando el viento se aceleró, creando tormentas de vidrio y escombro”.
Horas después de haber iniciado el rescate, Denning se sentía incómodo.

“Sabe, se trata de dos edificios de oficinas y no se podía encontrar ni un solo teclado, una pantalla de computadora, un disco duro, nada, sólo piezas de concreto”, dijo.
Lo mismo para los cuerpos y sus partes.

“Estábamos seguros de que al menos encontraríamos piezas de cuerpo”, dijo. “Estamos acostumbrados a eso. No encontramos nada”.

Más tarde en la noche, uno poco de lluvia ayudó a asentar el polvo que más tarde fue culpado de causar un rango de enfermedades relacionadas con el 9/11.

El no encontrar sobrevivientes fue algo frustrante. 

“No estábamos encontrando lo que pensábamos que íbamos a encontrar. No estábamos rescatando a gente”, dijo. “Cuando vas como un equipo de rescate y no haces rescates, sientes un vacío… casi te sientes avergonzado”.

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